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Weingut Tesch lleva once generaciones arraigada en Langenlonsheim, a orillas del Nahe, y desde que Martin Tesch —doctor en microbiología— tomó las riendas en 1996 la bodega trabaja sin herbicidas, sin insecticidas y sin abonos minerales, con vendimia manual y al margen tanto del VDP como de cualquier certificación externa. El Langenlonsheimer Königsschild es un Einzellage cuyo nombre deriva de la forma casi parabólica de la parcela —'como el escudo de un rey'—; sus suelos de loess-loam calcáreo sobre caliza de concha terciaria con arcilla contrastan radicalmente con la arenisca roja del Pérmico del Karthäuser, y esa estructura porosa del loess permite que las raíces desciendan hasta quince metros de profundidad en una ladera orientada al sur-sureste a entre 140 y 210 metros de altitud.
La cosecha 2023 es un Riesling trocken al 13,0% de alcohol, con 3,2 g/L de azúcar residual y 6,7 g/L de acidez total. A diferencia del Karthäuser y el St. Remigiusberg, más estructurados y especiados, el Königsschild muestra un perfil habitualmente más cremoso y cítrico.
Ficha del Vino: Königsschild
Descripción generada por IA con conocimiento WSET. Solo orientativa.
La finca que hoy es Weingut Tesch pertenece a la familia desde 1723, cuando Johannes Matthess figura como primer viticultor, y once generaciones después sigue en Langenlonsheim, a orillas del Nahe. El giro llega en 1996, cuando Martin Tesch —doctor en microbiología— releva a su padre Helmut y hereda algo más de 30 hectáreas y un catálogo convencional, con varias variedades y todos los grados de dulzor.
Lo que hizo después fue restar. En 2002 reordenó la bodega por completo: eliminó los vinos dulces, redujo la gama a tres variedades —Riesling, Spätburgunder y Weißburgunder— y once vinos, todos secos, y encogió el viñedo hasta las 20 hectáreas actuales, 17 de ellas de Riesling. Doce años más tarde dio el segundo paso: en mayo de 2014 abandonó el VDP, la asociación de la élite vinícola alemana. El comunicado oficial zanjó que los objetivos del VDP y los de la bodega se habían separado demasiado.
Trabaja cinco Einzellagen de suelos deliberadamente contrastados: Löhrer Berg sobre arcillas húmedas y gravas fluviales, Krone entre loess calcáreo y arenisca meteorizada, Königsschild con fósiles de concha en creta y loess eólico, Karthäuser sobre arenisca meteorizada rica en hierro y St. Remigiusberg sobre suelos volcánicos. Cada parcela se embotella por separado, siempre en seco, para que la diferencia que se prueba sea la del suelo y no la del método: fermentación en pequeños depósitos de acero, sin roble, maloláctica espontánea, sin chaptalizar y cierre de rosca desde 2005.
De ahí sale el nombre que le hizo conocido. «Riesling Unplugged» es, en sus palabras, como las sesiones de música desenchufadas: sin amplificación. La analogía dejó de ser metáfora en 2008, cuando envió unas botellas de ese vino a Die Toten Hosen. A la banda punk le gustó lo suficiente como para presentarse en la bodega y acabar haciendo el suyo: se ven cada año en el viñedo para elegir las partidas, y el resultado se llama Weißes Rauschen —por una canción de su disco «Zurück zum Glück»— y lleva el águila del grupo en la etiqueta. No fue el primero: antes hubo un Machmalriesling.
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