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Viñedos de entre 40 y 80 años ubicados en la comarca de la Vereda del Cerro Macho, concretamente en el paraje de Riofrío Alto con viñas en vaso, con suelo de albariza, una marga grumosa y muy calcárea, con una gran capacidad de retención de la humedad y una cesión progresiva a la planta. 95% Pedro Ximénez y 5% otras variedades autóctonas minoritarias.
Vendimia manual. Fermentación en viejas botas y, una vez finalizada, el vino reposó sobre sus lías bajo velo de flor. Tras varios meses, se eliminaron las lías de fermentación y el vino continuó su crianza hasta la siguiente vendimia. Finalmente, se trasegó a depósitos de acero inoxidable, donde reposó un mes más antes de su embotellado.
Ojo y Coíllo Riofrío Alto 2024 | Miguel Castro Maíllo | Montilla Moriles
Identificación del vino
Procedencia y elaboración
El Ojo y Coíllo Riofrío Alto se produce en viñedos ubicados en la comarca de la Vereda del Cerro Macho, específicamente en el paraje de Riofrío Alto. Las uvas proceden principalmente del Pedro Ximénez (95%) junto con otras variedades autóctonas minoritarias (5%). La vendimia se realiza manualmente y las uvas fermentan en viejas botas. Posteriormente, el vino reposa sobre sus lías bajo velo de flor durante varios meses antes de ser trasladado a depósitos de acero inoxidable donde completa su crianza.
Perfil esperado o notas descriptivas
Este vino presenta un perfil intenso y complejo con sabores característicos del Pedro Ximénez, destacándose la dulzura natural combinada con notas de frutas secas y especias. Su estructura es rica y equilibrada, con una final persistente que refleja el suelo albariza donde crecen las viñas.
Puntuaciones y comentarios de críticos
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Cierre breve
El Ojo y Coíllo Riofrío Alto es un vino dulce con una personalidad única que destaca por su complejidad y equilibrio, ofreciendo una experiencia sensorial rica y memorable.
Descripción generada por IA con conocimiento WSET. Solo orientativa.
Miguel Castro Maíllo creció entre viñas en la Sierra de Montilla pero eligió estudiar Enología en Cádiz y formarse en el Marco de Jerez antes de volver al terruño familiar. Su proyecto arranca en 2018 con una idea sencilla y radical: demostrar que el Pedro Ximénez, variedad emblemática de Montilla-Moriles reducida durante décadas a la pasa y el vino dulce, puede producir blancos secos de precisión y larga vida.
El escenario es el Cerro Macho, una cresta que divide la Sierra de Montilla en dos vertientes de albariza —esa caliza blanca, porosa y refrescante que atesora la humedad invernal y la libera lentamente en verano—. Al este, Riofrío Alto, en sombra por las tardes: vinos más tensos, salinos, de acidez marcada. Al oeste, Benavente Alto, abierta al sol: perfil más amplio y vinoso. Cada parcela fermenta y envejece por separado en barricas viejas de fino, sobre sus lías y bajo velo de flor, hasta la vendimia siguiente. Las vides tienen entre cincuenta y sesenta años y se podan en ojo y coíllo, la poda tradicional de la zona: el ojo es la yema productora del año, el coíllo el pitón que dará el sarmiento del siguiente.
El resultado son vinos blancos sin ningún parecido con el dulce de exportación: tensos, minerales, con una textura de lías y una salinidad que hablan del mar interior que fue Andalucía. Producción pequeña, muy pequeña.