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Viñedos de entre 40 y 80 años ubicados en la comarca de la Vereda del Cerro Macho, repartidos por los parajes de Riofrío Alto y Benavente Alto con viñas en vaso, con suelo de albariza, una marga grumosa y muy calcárea. 95% Pedro Ximénez y 5% otras variedades autóctonas minoritarias.
El vino resulta de una selección de botas buscando la identidad del viñedo y la expresión del velo de flor. Resulta del mosto de los últimos días de vendimia de cada parcela, con ese punto de madurez extra. Se realiza un cabeceo de las botas más destacadas, ensambladas en una única bota. El vino envejece 24 meses bajo velo de flor y permanece al menos 5 meses en botella antes de la distribución, sumando un total de unos 30 meses.
El Estático 2022 es un vino blanco de la bodega Miguel Castro Maíllo, situado en la Denominación de Origen Montilla-Moriles, dentro de la región de Andalucía, España. Procedente de la añada 2022, esta elaboración se centra en la expresión de sus viñedos, ubicados en la comarca de la Vereda del Cerro Macho, específicamente en los parajes de Riofrío Alto y Benavente Alto. Los viñedos, con una antigüedad comprendida entre 40 y 80 años y enmarcados en sistema de vaso, se desarrollan sobre suelos de albariza, una marga grumosa y muy calcárea.
La composición de la uva destaca por un 95% de Pedro Ximénez, complementado con un 5% de otras variedades autóctonas minoritarias. La vinificación se distingue por una selección de mostos de los últimos días de vendimia de cada parcela, buscando un punto de madurez extra. El producto final resulta de un cabeceo de las botas más destacadas, las cuales se ensamblan en una única bota para garantizar la identidad del viñedo y la expresión del velo de flor.
El proceso de crianza y envejecimiento se lleva a cabo durante 24 meses bajo velo de flor, seguido de un periodo de al menos 5 meses en botella antes de su distribución, alcanzando una edad total de aproximadamente 30 meses al llegar al consumidor.
Descripción generada por IA con conocimiento WSET. Solo orientativa.
Miguel Castro Maíllo creció entre viñas en la Sierra de Montilla pero eligió estudiar Enología en Cádiz y formarse en el Marco de Jerez antes de volver al terruño familiar. Su proyecto arranca en 2018 con una idea sencilla y radical: demostrar que el Pedro Ximénez, variedad emblemática de Montilla-Moriles reducida durante décadas a la pasa y el vino dulce, puede producir blancos secos de precisión y larga vida.
El escenario es el Cerro Macho, una cresta que divide la Sierra de Montilla en dos vertientes de albariza —esa caliza blanca, porosa y refrescante que atesora la humedad invernal y la libera lentamente en verano—. Al este, Riofrío Alto, en sombra por las tardes: vinos más tensos, salinos, de acidez marcada. Al oeste, Benavente Alto, abierta al sol: perfil más amplio y vinoso. Cada parcela fermenta y envejece por separado en barricas viejas de fino, sobre sus lías y bajo velo de flor, hasta la vendimia siguiente. Las vides tienen entre cincuenta y sesenta años y se podan en ojo y coíllo, la poda tradicional de la zona: el ojo es la yema productora del año, el coíllo el pitón que dará el sarmiento del siguiente.
El resultado son vinos blancos sin ningún parecido con el dulce de exportación: tensos, minerales, con una textura de lías y una salinidad que hablan del mar interior que fue Andalucía. Producción pequeña, muy pequeña.
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