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Forjas do Salnés

En los años setenta el Val do Salnés arrancaba sus tintas viejas. El albariño era más productivo y estaba de moda, y las variedades de la casa —caíño, espadeiro, loureiro— estorbaban. Francisco Méndez, herrero de Meaño, hizo lo contrario: hacia 1980 las plantó, contra el consejo de todos. Ocho años después figuraba entre quienes sacaron adelante la denominación Rías Baixas.

Aquel oficio acabó nombrando dos bodegas. A la familia se la conocía en el pueblo por el herrero —ferreiro en gallego—, y de ahí salen tanto la casa del hijo, Gerardo Méndez, llamada Do Ferreiro, como la del nieto: Forjas do Salnés.

Ese nieto es Rodrigo Méndez, quinta generación, que entró en el viñedo a los doce años de la mano de su abuelo y montó bodega propia en un garaje en 2005. Se empeñó en algo que en Rías Baixas no se hacía: elaborar tintos en una región definida por sus blancos. Buscó a Raúl Pérez para conseguirlo, que sigue asesorando la casa, y las cepas que su abuelo había plantado contra corriente resultaron ser la materia prima. Los tintos salen bajo el nombre Goliardo, con caíño tinto, loureiro, sousón y espadeiro.

Son doce hectáreas entre Meaño, Sanxenxo y Barro, sobre granito y arena, en ecológico. El método mira hacia atrás a propósito: levaduras del propio viñedo, azufre al mínimo, pisado con los pies, maceración pelicular también en los blancos y crianzas en fudres grandes y en castaño, formatos anteriores a la barrica bordelesa.

En Barro está la Finca Genoveva, con albariño y caíño tinto de unos ciento ochenta años sobre granito. De ahí sale un blanco de parcela: fermentación espontánea en fudre sin control de temperatura y doce meses sobre sus lías en fudres de quinta y séptima generación. Cinco mil botellas. El Leirana, ensamblado de varios pagos con cepas de cuarenta a setenta años, pasa ocho meses sobre lías sin remoción y sin maloláctica.

Vinos de Forjas do Salnés



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